Recuerdos para compartir: antiguas navidades

Cuando era un niño, en las calles de Los Dolores no habían adornos, ni bonitas estrellas con luces de colores que anunciaran la Navidad. Nuestras madres tampoco se podían permitir poner algo especial en nuestras casas para decorarlas.

En 1965, todavía no comprendía como medir el tiempo mirando el calendario, pero me daba igual, pues a los cinco años el tiempo no existe. Los pequeños sabíamos que se aproximaba la Navidad cuando en la radio comenzaban a poner villancicos y nuestras madres y abuelas empezaban a preparar los dulces típicos de esas fechas.

Por las tardes, mi abuela -con su delantal blanco- preparaba la masa de aquellos dulces sobre la mesa de su cocina mientras por la radio oía la novela. Sentado en una pequeña silla me gustaba mirar como con sus trabajadas manos adornaba y les daba las formas que después tendrían. Eran dulces caseros, sencillos, hechos con almendra, huevo, azúcar, canela, anís y otros ingredientes que ella, como los grandes cocineros, mantenía en secreto. Cuando terminaba lo llevaba todo al horno de la panadería del Sr. Juan.

Todos los niños esperábamos deseosos, en la puerta de la panadería, el momento en el que empezaban a sacar del horno aquellas grandes bandejas negras llenas de exquisitos rollos, mantecados, suspiros y cordiales.

Mi abuela conservaba los dulces en pequeños cestos de mimbre, tapados con unos trapitos muy blancos. Los guardaba en un armario situado en lo alto de su cocina. No me dejaba comer ninguno hasta que llegaba la Navidad. Cuando ella se descuidaba me subía a una silla para meter la mano en cualquier cesto, aunque siempre acababa pillándome, pues las manchas en mi cara me descubrían.

Un día antes de Nochebuena yo sabía que era Navidad, pues mi abuela bajaba los cestos y llenaba varios platos que ponía encima del aparador de su comedor. Además de los dulces también dejaba vino viejo que compraba en la bodega del “pitero” (todavía existe la bodega), anís del mono y otras bebidas que no recuerdo. Lo que más ilusión me hacía era una vieja pandereta que tenía escondida durante todo el año y que en aquellas fechas volvía a sacar.

El día de Nochebuena cambiaba los dulces y bebidas desde el aparador a la mesa del comedor. Limpiaba toda la casa, se ponía el vestido de los domingos y se echaba colonia Maderas de Oriente, que unos días antes había comprado en la droguería de “Roca”. Cuando anochecía, los vecinos venían cantando villancicos a la puerta de su casa. En Los Dolores aquello era “pedir el aguinaldo”. Comían y bebían de todo lo que ella había puesto en la mesa. Después, con gran alegría, mi abuela cogía su pandereta y nos marchábamos con ellos para ir visitando al resto de los vecinos. Cantábamos villancicos en las puertas, en todas nos abrían y ofrecían con humildad lo que podían dar. Que lástima, en algunas sólo podían desearnos feliz Navidad.

Mi abuela murió en 1.970. La última Nochebuena que canté villancicos con ella fue la de 1.969.

Su vieja pandereta se rompió, mi padre la arreglo y cuando él murió, como si fuera un tesoro, la escondí cuidadosamente en un armario de mi casa para que mis hijos no pudieran romperla. Allí permaneció, olvidada y muda, muchos años, hasta que en la Nochebuena más feliz de toda mi vida, la del año 2000, recibimos en mi casa una inmensa cesta de Navidad, acompañada de una tarjeta sin firma ni remitente que decía:

"Feliz Navidad.
Tu abuela sabía que en mi casa no nos podíamos permitir hacer los dulces de Navidad. Durante muchos años dejó en la panadería parte de los que ella hacia para que el panadero se los diera a mi madre. Me lo contó la hermana del panadero.
Todas las Nochebuenas que me resten de vida rezaré por tu abuela María"

Después de leer la tarjeta me emocioné, a mi mujer se le llenaron los ojos de lágrimas.

Jamás sabré por qué de pronto saque aquella vieja pandereta del armario y llorando, pero con alegría, comencé a cantarles a mis hijos una de las estrofas que mi abuela me cantaba todas las nochebuenas de mi niñez:

LA NOCHEBUENA SE VIENE
LA NOCHEBUENA SE VA
Y NOSOTROS NOS IREMOS
Y NO VOLVEREMOS MAS

“Y no volveremos más”… pero esté donde esté, mi abuela SI VOLVIÓ en aquella feliz Nochebuena del año 2000, -treinta años después- para cantar junto a mi.

Se que no lo soñé porque mientras cantaba volví a oír su voz -ya olvidada- y sentí aquella vieja fragancia de su colonia, Maderas de Oriente.

FELIZ NAVIDAD

Antonio Abellán

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