Recuerdos para compartir: Nostalgia de un adiós

Debió ser por 1.966, yo tenía 6 años. Recuerdo que algunas noches cogía una pequeña silla de anea y me marchaba a la casa del Sr. Gregorio y la Sra. Amparo para ver su televisión, ya que nosotros no teníamos. Eran unos buenos vecinos que vivían en la calle Sagasta de Los Dolores, en la desembocadura de la calle San Martín.

Por las noches, antes de salir para ver la tele de los vecinos, mi hermano me enseñaba a leer sobre la mesa del salón mientras en la vieja radio de mi casa sonaban Los Beatles.

En nuestro salón había una mesa grande, cuatro sillas, un aparador con espejo, la mesita donde estaba la radio con su tapete blanco, un perchero para colgar ropa y la máquina Singer, donde mi madre se pasaba las tardes cosiendo al mismo tiempo que escuchaba la novela. Era una casa pequeña y no había sitio para tener un sofá, o quizás mis padres no podían permitírselo.

Mi hermano tenía 17 años. Para mí era la persona más importante del mundo. Respondía a todas mis preguntas, aunque a veces no le entendía. Me enseñó a subir en bici y jugaba conmigo a los vaqueros. Cuando peleábamos se dejaba caer al suelo, me subía encima y le preguntaba: -¿Te rindes?. Él, muy serio, respondía: -Eres muy fuerte, me rindo.

Cuando salíamos a pasear o me recogía del colegio, me compraba cochecitos de 1 peseta en el kiosco de la Sra. Isabel para que no le dijera a mi padre que había fumado.

Todavía recuerdo aquella triste tarde en la que me dijo: -Antonio, esta noche me marcho a una ciudad que se llama Barcelona para trabajar.

Le pregunte dónde estaba ese pueblo y respondió que muy lejos. Le pregunté que cuándo volvería y respondió que no lo sabía. Le dije que me quería ir con él. Pasé toda la tarde llorando. Me dijo que cuando tuviera dinero me mandaría un coche rojo de esos que tenían un cable con mando a distancia y un patín, pero yo sólo quería que no se fuera...

Aquella misma noche le vi hacer una pequeña maleta. Vi como mi padre le daba dinero y luego, como a escondidas, mi madre, llorando, le daba monedas. Yo tenía una moneda de aquellas antiguas de 2,50 pesetas, cuando fui a dársela muy emocionado me dijo: -Antonio, ya tengo muchas.

Era de noche, debía ser muy tarde, recuerdo que hacia frío. Salimos de mi casa andando hasta la plaza de la fuente (Plaza del Tulipán). Mi padre dijo que por allí paraba un autobús que todas las semanas iba a Barcelona.

Llegó el autobús. Mi hermano me acaricio la cabeza y sin decir palabra se subió. Mi madre y yo llorábamos. Cuando el autobús arrancó ya estaba sentado junto a una ventanilla pero no nos miro… Regresamos a mi casa y durante todo el camino mi padre fue andando unos metros por delante de nosotros. Ahora creo que mi padre también lloraba…

Antonio Abellán

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