El faro impasible

Ya todo cambió de tal manera que mis ojos entran en conflicto con mi memoria. Cuántos rincones se perdieron de estos hermosos parajes que conocían de mis travesuras, aventuras y pesquerías de caña, sedal y corcho. Qué placer divino era el rodar por las suaves e inmaculadas dunas de los Montes de Arena, o perderse entre las arenas doradas de gozosas y deshabitadas playas, siguiendo el sinuoso rastro de la culebra o la lagartija local. La puerta de casa, directa al mar. Al viento de levante, recogidos en el discreto patio; cuando lebeche, sentados frente al diáfano mar en la amplia terraza, con lectura en las rodillas y el sol arañando los rojos y arcillosos acantilados del Cabo de Palos cartagenero. Alguna lejana vela o barquichuelo en la lontananza cortando muy lentamente las aguas turquesas refrescadas por el persistente aire. O días de furia levantina con un mar enloquecido bramando por entre las rendijas de las ventanas. De julio a octubre, cuatro meses de niñez veraniega repleta de juegos, ilusiones e infinito compañero de juegos: el mar.

En la adolescencia menguó el larguísimo periodo vacacional, pero nunca la intensidad de sus días, de cada epicúreo minuto saboreado con deleite provocador. Era fácil sentirse el rey de la creación cuando el traje de baño era la prenda más usada durante el día entero. Incluso con la piel desnuda en playas antaño solitarias.

En la actualidad muchos de los recovecos en los que busqué intimidad -a veces amorosa- ya no existen. El poblado pescador casi ha desaparecido, es eminentemente turístico y las casas de veraneantes copan prácticamente todo el paisaje. Prosperidad económica para el pueblo a cambio del sacrificio paisajístico. Los barcos de los escasos pescadores ya se pierden entre las lanchas motoras y los yates. Hoy, ya en la edad madura y como visitante ocasional, la vista se topa con el recuerdo y una emoción de paraíso perdido se apodera de mi corazón. Sólo el poderoso faro parece no inmutarse.

Juan Zamora Talló

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