El primer día de verano

Hoy nos vamos a la playa, como no, a Los Nietos, la playa preferida de mis abuelos, aunque no se porque. Yo siempre asocié Los Nietos con mis abuelos, será por el parentesco, a saber.

Es el primer día de verano propiamente dicho y mi padre empieza sus vacaciones. Es raro ver su imagen deambulando por la mañana, porque sus trabajos de tarde y de noche le obligan a dormir durante el día. Aunque hace calor las temperaturas son más soportables que ahora, no sé si por el cambio climático, porque nos hemos acostumbrado a vivir a la “fresca” del aire acondicionado, o porque de niño el calor es lo que menos importa cuando disfrutas correteando de un lado a otro.

Mis padres no tienen coche, así que nos vamos todos juntos: mi abuelo, mi abuela, mi padre, mi madre, mi hermana y yo, cubos, palas, flotadores, toallas, una sombrilla enorme con un bonito estampado de flores, una nevera cargada con bloques de hielo, que mis padres habían metido en cazos en el congelador la noche antes, y un gran kit de domingueros, indispensable para pasar un agradable día de playa. Bueno, como decía, todos, y todo, cargado en un flamante y amplio Seat seiscientos, el coche de la época por excelencia, blanco inmaculado, con tapacubos y embellecedores de faros cromados, tapetitos de ganchillo como reposacabezas y un par de puertas de las que se abrían al revés de las de ahora.

Tomamos posiciones en el interior del vehículo cual piezas de tetris. Y aún tuvimos que esperar diez minutos a que mi abuelo hiciera la puesta a punto, y comprobase los controles externos e internos del vehículo, antes de que por fin despegáramos, perdón, arrancáramos.

Nos dirigimos a la playa. Vamos por la carretera de La Unión, ¡hey! Acabo de ver pasar la “chicharra” de la FEVE. Un poco más adelante ahí está, esperándonos año tras año, inmóvil como siempre, erguido y bravucón, dándonos la bienvenida y recordándonos que ya queda menos para llegar al mar; el toro, el gran toro negro de Osborne. Me encanta ese toro, como me he reído años después asustando a mi hermano pequeño, diciéndole que era capaz de ponerlo en movimiento con unas palabras mágicas. ¡Ay, que inocentes éramos!

Pasamos por el cementerio de La Unión y ¿qué es esto? ¿Por qué paramos? ¿Hemos llegado? Noooo, es el momento de echar el agua al radiador del motor, ¡qué bien! se lo merece después de tantos esfuerzos. Mientras estiramos las piernas, saltamos entre algunas tumbas.

Hora de seguir el viaje. Nos readaptamos, esta vez es más complicado, parece que el calor nos ha dilatado ¡buf! Proseguimos por la sierra minera, plagada de castilletes, cruzamos La Unión y en la fachada de una casa hay pintado un anuncio de La Casera que me hace mucha gracia, es una casa con cara. De mayor, seré dibujante de anuncios.

¡Bieeen! Ya queda poco, a lo lejos se divisa el mar, llegamos al cruce donde hay unas anclas enormes y giramos hacia Los Nietos. Por fin aparcamos y empezamos a descargar, la gente me parece feliz, todo el mundo sonríe, pasea sin prisas de un lado a otro, el aire tiene un olor característico a mar, hay viejas barcas de madera en la arena. Mientras los mayores empiezan a montar el chiringuito, me voy con mi hermana a subirme en alguna de ellas y a dejar volar la imaginación un ratito, hasta que algún grito de mi madre me lleve de regreso a la realidad.

Qué edificio más bonito, de madera, tenemos delante, en el mar, sostenido sobre palos que salen del agua: es verde, con ventanas redondas y una escalera que baja hasta el agua y lo rodean barcas amarradas. No sé lo que es, sólo unos privilegiados pueden entrar, y yo no soy uno de ellos.

Para recobrar fuerzas, un bocata de sobrasada a la orilla del mar para desayunar, no recuerdo mejor manjar, ni lugar.

¡Vaya! Mi abuela se ha empeñado en que aprenda a nadar, me coge por debajo y me obliga a patalear, no sé yo si esto será buena idea, aunque parece que sí, que funciona, más o menos.

Hoy no sé que celebramos, pero recogemos el chiringuito más pronto de lo normal porque hoy comemos en… ¡La Pescadería! No recuerdo unas paellas más ricas que las que allí hacían. Al entrar veo unas lámparas en el techo que tienen una figuras de peces hechas con mimbre y que me llaman mucho la atención. Nos sientan en un comedor con vistas a la playa, sillas de tijera, mesas de madera, todo en verde, o eso creo recordar, mantel de papel. Llega la paella de marisco, con sus langostinicos, sus almejicas, sus calamarcicos, su arrocico y sobre todo, con su famoso “alioli”. Todo remojado con “tinto de verano”. Sí, aunque pequeño por entonces, no hay nada de malo en tomar un poquito de ese caldo largo de Casera y corto de vino, una vez al año.

Mientras padres y abuelos reposan la comida y hablan de cosas de mayores, aprovechamos para salir a jugar y a correr sin mojarnos por las piedras que sobresalen de las casas que dan al mar, porque antes el mar llegaba hasta la puerta.

Otras veces el café, o mejor dicho el “blanco y negro” se lo toman en el Casino. Allí mi abuelo, con Celta “emboquillao” en mano charla con viejos conocidos, supongo que de toros, es que había sido torero ¿saben? Sí, para mi orgullo, provengo de una familia de pintores y toreros.

Más entrada la tarde, en la plaza que hay frente al Casino, mi abuela nos compra en un kiosco, unas patatas fritas que nos encantan. Pero patatas de las artesanas, hechas ahí mismo, de las buenas, de las que rebosan aceite, de las de antes.

Ya se va haciendo tarde, hay que volver, operación a la inversa. Quitamos la sábana que cubre al coche para protegerlo del sol, cual inauguración del monumento a la tracción a las cuatro ruedas. Vuelta a cargar trastos, esta vez con más pereza y menos ganas, con la espalda quemada, arena en los pies y sal por todo el cuerpo.

Como hemos sido buenos, supongo que pararemos a tomarnos un último helado en la calle Mayor de La Unión, en La Jijonenca, donde hacen los mejores helados del mundo. Este también será un buen verano.

Salvador Zamora
cartagenaantigua@yahoo.es

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